Entreverados a estas palabras están “los fantasmas de aquellos aborígenes escopetados, atropellados y humillados, la sangre de sus cuerpos y la rebeldía de sus espíritus” (Daniel Vidart), en ellas reviven los dolores, las penas y por sobre todo, el mayor de los desprecios y el repudio total al linaje de genocidas que se apellidan “Rivera”.

Los charrúas fueron una de las pocas etnias que se mantuvieron en estado continuo de negación total ante el invasor y por ende en estado permanente de resistencia. El coronel español, Félix de Azara dirá por aquellos días: “Son altivos, soberbios y feroces; llevan la cabeza derecha, la frente erguida...”

La resistencia se dio primero contra los embates de los colonizadores europeos que venían a traer su cristiana“civilización” y luego contra los republicanos, que irónica y paradójicamente, querían imponer su religiosa“civilización”. En estos enfrentamientos se fueron aproximadamente tres siglos de sangrientos episodios.

Además del exterminio generado por las armas europeas primero y luego las republicanas, las epidemias y enfermedades traídas por los hombres blancos de cabellos claros al igual que sus ojos, fueron gran causante de muertes.

Visto que los indígenas eran irreductibles e inaccesibles en la resistencia, aquellos que se proponían “integrar” a los charrùas a la “vida civilizada” (pues de ello dependía el éxito de muchos emprendimientos económicos y políticos, como la afirmación y conformación de la propiedad y los latifundios) optaron por el exterminio total, es decir el genocidio, ya que por medio del cristianismo no lo lograron.

A partir del momento en que los europeos cargaron en sus espaldas de madera la “civilización” cristiana y occidental, el destino de los charruas, al igual que el de los demás pueblos originarios de nuestra América, estaba marcado de sangre, dolor, odio, usurpación, robo, violación, y por sobre todo de muerte en todos los órdenes posibles de la vida mundana y espiritual.

Pero no solo los europeos fueron los actores de semejantes atrocidades, pues en nuestro país los “hombres ilustrados”, “hombres del orden”, “hombres civilizados”, aquellos que llevaron adelante el proyecto de un estado al mejor estilo europeo, fueron los principales genocidas, hombres como Fructuoso Rivera y su sobrino Bernabé Rivera. Nada menos que el primer presidente de la incipiente república fue el que comandó el cruento episodio de Salsipuedes. Así el 11 abril de 1831 por medio de una celada el presidente de la república Fructuoso Rivera junto al ejército oficial emboscaron y dieron muerte a la gran mayoría de los charruas.

Algunos testimonios de la época, como el de un marinero sueco cuentan el episodio: “no abrigaran la menor sospecha, se les dio a los indios algunos barriles de aguardiente y varios presentes (...) no bien empezaron a entrar en estado de ebriedad y algunos de ellos iban siendo dominados por el sueño, poco a poco y bajo la protección de la oscuridad de la noche las tropas de Rivera los fueron rodeando y con sus sables y bayonetas comenzaron a sorprenderlos y atacarlos en su campamento y allí mataron tanto a hombres como a mujeres y niños sin consideración ni piedad” (citado en “Los indios del Uruguay” de Renzo Pi Hugarte. P.144)

Pero a la traición del presidente y la emboscada del ejército oficial pudieron escapar algunos charruas, que fueron perseguidos, de los cuales algunos fueron apresados y reducidos a esclavos de las familias mas “urbanas” y “civilizadas” de Montevideo. Algunos caciques desconfiados no comparecieron a la cita.

En una de esas persecuciones el cacique Sepé dio muerte a Bernabé Rivera, Tomás de Mattos en su libro “¡Bernabé, Bernabé!” describe el hecho, después de apresarlo y mantenerlo en cautiverio, Sepé “furioso, ha empuñado la última lanza con las dos manos y la ha alzado sobre el pecho de Bernabé. Pero, según contó, antes de atravesarle el corazón quedó quieto. Y nadie lo detuvo (...) Solo las mujeres profirieron gritos de incitación. Desde el suelo, con los brazos inutilizados, sin poder ensayar defensa alguna, Bernabé lo miró largamente a los ojos (...) le puso un pie en el pecho para afirmarse y ubicar con exactitud el lanzazo (...) cuando se clavó en el pecho de Bernabé la lanza no osciló (...) la sostuvo el profundo apoyo de la entraña recién abierta; y quien la empuñaba no la soltó. Cuando terminó de remover la herida, Sepé hundió la moharra en el charco contiguo para diluir la sangre (...) De pronto, se agachó, tomó el cuerpo de su victima, asiéndolo por las axilas, lo giró sobre sí en el aire y lo empujó, sin duda, hacia el charco (...) cuando lo tiró en el pozo, la cintura coincidió con el borde de la orilla, el pecho apenas se inclinó en la escasa hondura, pero la cara chapoteó y se hundió en el limo del estanque.

-¡Tomá toda el agua que querás!-le gritó, y todos los que lo rodeaban, festejaron (...)

A pesar del baño de sangre que significó el “descubrimiento”, a pesar de la constate persecución, dominio y exterminio sistemáticos, a pesar de los SOLDADOS CRISTIANOS adiestrados para la guerra, a pesar del etnocidio sufrido, de la constante desvalorización del legado por parte del sistema nacional de educación, a pesar de la ignorancia voluntaria de los “intelectuales” al servicio del poder oficial, quienes sostienen con pilares de libros la imagen de simples recolectores, cazadores, vagos, nómades, malolientes, bárbaros, etc., etc...

A pesar de todo, siguen y seguirán vivos en nuestras palabras, en nuestros versos, en nuestros cantos, seguirán vivos en nosotros, pues ellos cantan en nuestras voces, andan en nuestras piernas y golpean con nuestros puños.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

“Diario del Uruguay” Separata del periódico “La República”, fascículo número 7, del 14 de junio de 2006.Montevideo.

Hugarte Pi Renzo. “Los indios del Uruguay”.1998, Ed. Banda Oriental, Montevideo.

Mattos de Tomás. “¡Bernabé, Bernabé!”. 2004, Ed. Santillana, Montevideo.

Vidart Daniel. “El mundo de los charrúas”.2000, Ed. Banda Oriental, Montevideo.